Las competencias de la mujer que el hombre no posee
- ¿Qué tanto sabemos —de verdad— sobre las competencias que solemos llamar “femeninas”?
- ¿De dónde vienen nuestras ideas sobre lo que “puede” una mujer y lo que “debe” un hombre?
- ¿Y qué perderíamos, como profesionales, si no ampliamos ese repertorio?
Comienzo así porque este tema siempre me remueve. Y no hablo desde la teoría; hablo desde la piel. Llevo años dictando una conferencia titulada como este artículo —sí, así mismo: “Yo quiero aprender a ser mujer”— y, aunque la frase suele arrancar risas nerviosas, lo que viene después suele abrir preguntas profundas sobre liderazgo, cultura y aprendizaje.
Una anécdota que me cambió la brújula
Hace unos años, en una empresa donde facilitaba un proceso de cambio, una gerente —Mariana— se me acercó después de una sesión y me dijo:
“Adrián, lo que usted está diciendo de las competencias femeninas… yo siempre pensé que debía esconderlas para encajar.”
Lo dijo con voz firme, pero con esa emoción silenciosa que uno reconoce cuando trabaja con seres humanos que luchan por ser vistos. Yo había presentado datos, sí; había hablado de estilos de liderazgo, sí; pero esa frase de Mariana… esa frase me atravesó.
Ese día confirmé algo que desde entonces repito en mis conferencias:
“No hay transformación sin el coraje de reconocer lo que ya somos.”
Y la verdad es que, cuando digo que quiero aprender a ser mujer, no hablo de identidad biológica. Hablo de competencias. Hablo de modos de estar en el mundo que históricamente se les permitieron a ellas y se nos prohibieron a nosotros.
Lo que descubrí en esa búsqueda
Lo primero que hice —con mi interés acerca de las palabras y sus raíces etimológicas— fue irme al diccionario. Y allí tropecé con la primera piedra: la definición de “hombre” incluye “valor y firmeza”. La de “mujer”… no.
A partir de allí comprendí que el lenguaje mismo educa. Y a veces, educa mal.
Pero más allá del diccionario, lo que más me sorprendió fue descubrir la amplitud de competencias que las mujeres tienden a utilizar con naturalidad, no por genética, sino por cultura:
- expresan en palabras, gestos y corporalidad tres veces más señales comunicativas que los hombres;
- sostienen conversaciones en ambos hemisferios cerebrales;
- integran intuición y razón con menos conflicto;
- leen el contexto emocional con una fineza extraordinaria.
Aquí va la primera pregunta de verificación:
¿Cuánto de esto hemos aprendido a valorar de verdad en nuestras organizaciones?
Si somos honestos, no lo suficiente.
Cuando la cultura decide por nosotros
En mis estudios e investigación de Sugestología y Aprendizaje Acelerado recordábamos algo: “El rendimiento humano es una consecuencia directa del entorno que lo acoge.”
Y en el caso del género, el entorno ha sido históricamente desigual.
Los roles son asignaciones culturales que repetimos sin darnos cuenta. Y cuando se naturalizan, perdemos la capacidad de transformarlos. A mí me tomó años comprenderlo, y todavía me descubro cayendo en viejos esquemas.
Segunda pregunta de verificación:
¿Cuántas veces promovemos a un hombre simplemente porque asumimos que “aguantará más”?
Es duro admitirlo, pero pasa.
Mientras tanto, estudios como los de Judy B. Rosener llevan tres décadas diciendo algo evidente: la ventaja competitiva más subestimada de Estados Unidos son sus mujeres gerentes. Su liderazgo colaborativo, su facilidad para distribuir poder sin perder autoridad, su apertura a la retroalimentación, su flexibilidad… son activos organizacionales, no “rasgos personales”.
Me gusta afirmar:
“A igualdad de conocimiento, la mujer aporta una riqueza emocional que no se puede tercerizar.”
Y cuando digo riqueza emocional no hablo de sentimentalismo. Hablo de un instrumento de liderazgo.
Pero también hay un desafío profundo
Lo diré con cuidado —y cariño— porque esta parte siempre levanta cejas:
Muchas mujeres olvidan lo valiosas que son.
En mis mentorías encuentro un patrón frecuente: profesionales extraordinarias que dudan demasiado de sí mismas. Y esa duda, a veces, pesa más que cualquier sesgo externo.
No debería ser así.
Porque si algo he visto en cada organización que acompaño es que, cuando las mujeres se reconocen, se expanden. Y cuando se expanden, el equipo entero crece con ellas.
¿Qué puede aprender un hombre “al querer aprender a ser mujer”?
Mucho. Más de lo que se imagina.
- Aprender a observar sin prisa.
- A escuchar con el cuerpo, no solo con la oreja.
- A sostener ambigüedad sin necesidad de cerrar todo en un cuadro.
- A integrar intuición con análisis.
- A conversar en horizontal sin sentir que pierde territorio.
Y, quizá lo más difícil:
A aceptar que el poder también puede ser compartido.
Tres preguntas para que sigamos pensando
- ¿Qué ideas sobre el rol de la mujer —y del hombre— sigues repitiendo sin darte cuenta?
- ¿Qué competencia femenina te haría mejor profesional si comenzaras a cultivarla hoy?
- ¿A quién podrías reconocer —con nombre y apellido— por una fortaleza que quizás tú pasaste por alto?
Mi llamado a la acción
Te propongo algo sencillo y transformador:
Escoge una competencia tradicionalmente “femenina” y practícala una semana completa.
Obsérvate. Ajusta. Regresa a ella.
Te prometo —y pongo mi nombre aquí— que no saldrás igual.
Porque aprender a ser mujer, en el sentido más profundo, no es renunciar a lo que somos…
es ampliar lo que podemos llegar a ser.
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