- ¿De verdad creemos que el optimismo es una frivolidad emocional?
- ¿O será que es una forma sofisticada de interpretar la realidad?
- Y más incómodo todavía: ¿qué impacto tiene nuestra interpretación en los resultados que producimos como educadores?
Durante años he escuchado la frase —casi con orgullo—: “No soy optimista, soy realista”. Curioso. Porque muchas veces ese “realismo” no es más que una narrativa anticipada del fracaso.
En educación esto es letal.
He visto docentes extraordinariamente formados, con doctorados, publicaciones, trayectorias impecables… pero atrapados en una actitud de clausura. Interpretan la dificultad como amenaza. Interpretan el error como confirmación de incapacidad. Interpretan el contexto como excusa estructural.
Y lo que interpretas, lo diseñas.
Lo he dicho en múltiples espacios y lo sostengo:
“La actitud no es un adorno emocional; es una arquitectura cognitiva.”
No hablo de optimismo naíf. No hablo de negar la complejidad. Hablo de competencia interpretativa.
Cuando trabajé con facilitadores en procesos corporativos complejos —organizaciones tensas, culturas rígidas, presupuestos reducidos— entendí algo muy simple: dos profesionales con el mismo contexto producen resultados radicalmente distintos según el marco desde el cual leen la situación.
Uno ve amenaza.
El otro ve problema a resolver.
Parece lo mismo. No lo es.
Aquí una pregunta incómoda:
¿Tus estudiantes sienten que, contigo, el error es un cierre o una apertura?
Porque el pesimismo pedagógico suele disfrazarse de exigencia.
El optimismo serio, en cambio, no baja estándares: los vuelve alcanzables.
En mis procesos de formación en Aprendizaje Acelerado insisto en algo que puede parecer obvio, pero no lo es:
“No diseñes desde el miedo al fracaso del otro; diseña desde la confianza en su capacidad de transformación.”
La psicología cognitiva lo ha mostrado con claridad. Martin Seligman (1991) habló del estilo explicativo: las personas que interpretan las dificultades como permanentes y personales tienden a paralizarse. Las que las leen como específicas y modificables tienden a actuar. No es mística. Es procesamiento mental.
Viktor Frankl (1946) lo llevó al extremo en condiciones inhumanas: entre estímulo y respuesta existe un espacio. En ese espacio reside la libertad. Pero esa libertad no es automática. Es educable.
Y aquí viene el punto que a veces incomoda:
El pesimismo suele otorgar una coartada elegante. El optimismo exige responsabilidad.
Porque si la situación no es “inevitable”, entonces tengo que actuar.
Y actuar implica riesgo.
En mi propia trayectoria —desde la ingeniería hasta la educación— he tenido momentos en los que era más cómodo interpretar el contexto como limitante. Pero cada vez que elegí una lectura de posibilidad, el diseño cambió. Y cuando el diseño cambia, el resultado cambia.
No siempre inmediatamente. Pero cambia.
Otra pregunta para ti:
¿Estás formando personas para describir problemas o para intervenir en ellos?
Ser optimista, en el sentido riguroso del término, es asumir que la interpretación es una variable estratégica. Que el lenguaje que utilizas construye clima mental. Que tu narrativa pedagógica impacta la autoeficacia del otro.
No es “pensar bonito”. Es pensar con intención.
Cierro con tres preguntas que no son retóricas:
- ¿Qué historia estás contando sobre tu contexto profesional que quizá ya no te sirve?
- ¿Qué diseño cambiaría mañana si asumieras que tus participantes pueden más de lo que supones?
- ¿Tu actitud actual expande posibilidades… o las administra con cautela?
Lo tengo claro.
Seguiré formando facilitadores que entiendan que la interpretación es poder.
Porque, al final, no enseñamos contenidos: enseñamos maneras de mirar el mundo.
Y esa responsabilidad no es menor.
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Un comentario
Me encantan las personas optimistas, yo tambien lo soy. Un abrazo