Educar la intuición

Educar la intuición: cuando aprender deja de ser solo lógico

  • ¿Recuerdas la última vez que supiste algo antes de poder explicarlo?
  • ¿Confías hoy en tus corazonadas… o las descartas por “poco científicas”?
  • ¿Y qué lugar ocupa la intuición en tu forma de aprender, decidir o enseñar?

Empiezo con estas preguntas porque la intuición —aunque no siempre la nombremos— ya está presente en nuestra vida profesional. El problema no es su ausencia. El problema es que no la educamos.

La palabra intuición viene del latín intuitio: mirar hacia adentro. No analizar más. No buscar más datos. Mirar hacia adentro. Y eso, para muchos profesionales formados en la lógica, suena casi a herejía. Ingenieros, médicos, docentes, directivos… nos educaron para mirar afuera: el método, el experto, el informe, el indicador. Todo afuera. Muy poco adentro.

Suelo decirlo así, sin demasiados rodeos:

“La intuición es conocimiento directo, pero no es conocimiento gratis.”
No aparece por arte de magia. Se entrena. Se afina. Se escucha.

Déjame contarte algo muy concreto. Hace algunos años estaba facilitando una experiencia de aprendizaje para un equipo de alto nivel. Todo estaba impecable: objetivos claros, agenda precisa, materiales bien diseñados. Muy correcto. Muy profesional. Y, sin embargo, algo no encajaba. No había datos que lo explicaran. Solo una incomodidad persistente. Esa sensación rara que no te deja tranquilo.

Hice algo poco habitual: paré. Guardé silencio. Literalmente. Cinco minutos. El grupo me miraba con cara de “¿y ahora?”. En ese silencio apareció la certeza: el problema no era el contenido, era el clima emocional. Cambié el orden. Escuché antes de explicar. Y recién después trabajamos. El aprendizaje ocurrió. No porque fuera más brillante, sino porque fue más honesto.

Ahí confirmé algo que repito a menudo:

“Cuando la intuición habla bajito, conviene bajar el ruido.”

Ahora bien, cuidado. La intuición no es infalible. Puede equivocarse. Puede estar contaminada por miedos, prejuicios, historias no resueltas. Por eso no la propongo como sustituto del pensamiento crítico, sino como su mejor aliado. La intuición abre la puerta. La reflexión decide si entramos.

Aquí te dejo una primera pregunta de verificación, a mitad del camino:
¿Sabes distinguir cuándo una decisión nace de tu intuición… y cuándo nace de un prejuicio bien maquillado?

Hay otro dato que siempre incomoda cuando lo comparto: un niño escucha, en promedio, alrededor de 500 “no” al día. No hagas eso. No toques. No preguntes. No inventes. Y luego nos sorprende que, de adultos, dudemos tanto de nosotros mismos. Los niños son intuitivos no porque sean genios, sino porque todavía no han aprendido a desconfiar de lo que sienten.

Lo digo sin dramatismo, pero con claridad:

“No perdemos la intuición con los años; nos la corrigen a fuerza de repetición.”

La intuición no grita. No manda correos. No agenda reuniones. Susurra. Por eso aparece en el silencio, en la música, en el arte, en una caminata sin auriculares o —sí— en la ducha. No es casualidad. Ahí accedemos al subconsciente, ese enorme almacén de información que no pasa por la lógica lineal, pero que sabe mucho más de lo que creemos.

Segunda pregunta de verificación, directa:
¿Cuándo fue la última vez que hiciste silencio de verdad, sin agenda productiva?

Hay una distinción que me resulta especialmente útil en el mundo profesional: la diferencia entre el profesional y el aficionado. El profesional capta una oportunidad de manera intuitiva y luego reflexiona. El aficionado reflexiona tanto que la oportunidad se va. El exceso de análisis, muchas veces, no es rigor: es miedo.

Por eso afirmo algo que suele incomodar:

“La intuición no reemplaza al pensamiento; lo pone en movimiento.”

Te comparto una última escena, más personal. En un momento complejo de mi vida tomé una decisión que, sobre el papel, era impecable. Todo “tenía sentido”. Pero algo en mí decía que no. Igual avancé. Meses después, el error fue evidente y costoso. Con el tiempo entendí lo esencial: mi intuición estaba afinada; yo no quise escucharla. Desde entonces practico algo poco glamoroso pero muy formativo: aprender del error con paciencia. La intuición se educa en movimiento, no en teoría.

Hoy vivimos en incertidumbre permanente. No hay manual para todo. Por eso sostengo con convicción:

“Educar la intuición no es un lujo; es una competencia básica para aprender y decidir mejor.”

Cierro con tres preguntas para llevarte contigo:

  • ¿En qué área de tu vida estás pensando demasiado y escuchando muy poco?
  • ¿Qué pasaría si confiaras un poco más en lo que ya sabes, aunque aún no puedas explicarlo?
  • ¿Cómo cambiaría tu forma de enseñar o liderar si hicieras espacio al silencio?

Mi invitación es clara: empieza a educar tu intuición. No la idealices. No la ignores. Entrénala.
Haz silencio. Observa. Equivócate. Ajusta.
Y, sobre todo, date permiso para mirar hacia adentro.

Porque aprender más rápido está bien.
Pero aprender con sentido… eso transforma.

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