Aprender sin anestesia

Educar sin anestesia: aprender, vivir y equivocarse con dignidad

En los últimos años, el discurso sobre aprendizaje ha puesto un énfasis creciente en la seguridad, el bienestar y la experiencia positiva del participante. La intención es legítima. Sin embargo, en la práctica formativa comienzan a aparecer efectos colaterales que merecen revisión: procesos excesivamente protegidos, diseños que evitan la fricción y experiencias donde el error es tolerado solo mientras no incomode demasiado.

El riesgo no es menor. Cuando el aprendizaje se vuelve demasiado cómodo, pierde una de sus funciones esenciales: preparar a las personas para pensar, decidir y actuar en contextos inciertos.

Antes de avanzar, propongo tres preguntas de exploración para el lector:

  1. ¿Cómo se trata hoy el error en tus experiencias de aprendizaje: como información valiosa o como desvío a corregir rápidamente?
  2. ¿Estás diseñando entornos seguros o entornos excesivamente amortiguados?
  3. ¿Qué pesa más en tus decisiones pedagógicas: la fluidez del proceso o la profundidad del pensamiento que se genera?

Cuando la experiencia funciona, pero no transforma

En más de una ocasión, al revisar evaluaciones posteriores a programas de formación bien diseñados, he encontrado un patrón repetido: altos niveles de satisfacción, claridad conceptual y buena valoración del facilitador, acompañados de una escasa evidencia de transformación real.

Las personas “entendieron” el contenido.
Pero no necesariamente revisaron sus supuestos, ni se vieron obligadas a tomar posición frente a dilemas reales.

Esto plantea una distinción clave: no todo aprendizaje eficiente es aprendizaje significativo. La ausencia de tensión cognitiva y emocional reduce la probabilidad de que el aprendizaje deje huella.

Desde mi experiencia, cuando una experiencia formativa no pone en juego ninguna creencia, ninguna decisión o ninguna responsabilidad personal, su impacto suele ser superficial.

El lugar pedagógico del error

El error sigue siendo uno de los elementos más mal gestionados en educación y formación profesional. En muchos casos se lo tolera, pero no se lo integra. Se lo permite, pero se lo neutraliza rápidamente.

El problema no es equivocarse.
El problema es no aprender a hacerse cargo de la equivocación.

Eliminar el error del diseño no fortalece al aprendiz; lo debilita. Le quita la oportunidad de desarrollar criterio, autonomía y juicio profesional. Aprender implica exponerse, y toda exposición conlleva riesgo.

Educar sin anestesia no significa abandonar al aprendiz, sino no privarlo de experiencias que exigen reflexión, decisión y responsabilidad.

Cuando el facilitador renuncia a la respuesta

En una sesión con formadores experimentados, surgió una pregunta compleja vinculada a un dilema ético en el aula. La expectativa era clara: esperaban una respuesta experta que resolviera el problema.

No la ofrecí.

Propuse, en cambio, que cada participante definiera qué haría y desde qué criterios, y luego contrastara su posición con la de otros. El silencio inicial fue incómodo. La conversación posterior fue profunda y exigente.

Al cierre, alguien expresó sorpresa por no haber recibido una respuesta directa. Mi devolución fue simple: dar respuestas reduce la incertidumbre; aprender a decidir la gestiona.

Ese momento confirmó algo que considero central en la facilitación madura: el aprendizaje se profundiza cuando el facilitador deja de ser el lugar donde se depositan las respuestas.

Pregunta de verificación

¿Tu práctica formativa está resolviendo problemas por los participantes…
o ayudándolos a desarrollar la capacidad de afrontarlos?

Exigencia, cuidado y dignidad

Exigir no es presionar indiscriminadamente. Exigir es confiar en que el otro puede ir más allá de lo evidente si el desafío es claro y el acompañamiento es honesto.

Cuando reducimos sistemáticamente el nivel de exigencia para evitar incomodidades, enviamos un mensaje implícito: no espero demasiado de ti. Ese mensaje, aunque no se verbalice, condiciona el aprendizaje.

La dignidad del aprendizaje aparece cuando el desafío es real, el error es posible y el acompañamiento es respetuoso. Sin humillación, pero sin anestesia.

Autonomía como indicador de madurez

En algunos procesos formativos, el momento más relevante ocurre cuando el facilitador decide intervenir menos. No por ausencia, sino por criterio.

Es en los espacios donde no hay respuestas inmediatas donde emerge el pensamiento propio. Ese pensamiento suele ser menos ordenado, pero más auténtico. Ahí comienza la transferencia real.

Un proceso de aprendizaje alcanza madurez cuando deja de depender del experto para sostenerse.

Segunda pregunta de verificación

¿Tu presencia amplía el pensamiento del grupo…
o lo reemplaza?

Aprender es un acto ético

Educar implica intervenir en la forma en que las personas interpretan la realidad y toman decisiones. Esa intervención tiene consecuencias. Por eso, aprender no es solo un proceso técnico; es un acto ético.

Educar sin anestesia no significa endurecer los procesos, sino no neutralizar aquello que debe sentirse para que el aprendizaje sea significativo: la duda, la responsabilidad, la consecuencia.

Cierre

Tal vez el desafío actual no sea diseñar experiencias cada vez más seguras, sino más verdaderas. Experiencias que no prometan comodidad permanente, pero sí respeto, exigencia y desarrollo de criterio.

El aprendizaje que vale la pena no adormece.
Despierta.

Preguntas finales de reflexión

  1. ¿Qué parte del aprendizaje estás evitando hoy por miedo a incomodar?
  2. ¿Dónde podrías soltar control para favorecer autonomía real?
  3. ¿Qué tipo de profesional estás ayudando a formar con tu manera de enseñar?

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